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Siempre deseaba en sus sueños de micro, en su rabia contenida, deshacerse de todos los pungas, de los lanzas, los cogoteros. Él no era ejemplo de santidad, pero sus pecados delataban a un parroquiano común y corriente: su sopaipilla antes del Nuevo Congreso, su borrachera entre terremotos y réplicas, sus ojos turnios con la morena del blujeans, su café con piernas. Por otra parte sus domingos caseros, la feria, los niños, la patrona que lo aguanta a pesar del tufo y las madrugadas. Pero lo suyo era típico, hasta de “buena persona”. Ellos en cambio asolaban las esquinas y no sólo las desiertas. En cualquier momento, entre la muchedumbre, arriba de la micro, a la salida del boliche, frente a las cámaras, saludando a los pacos, saliendo campantes de los tribunales. En las poblaciones el terror de la dictadura eran historias casi míticas. Ahora el terror estaba inserto entre ellos entre disparos y balas perdidas, en violaciones, asesinatos, calles tomadas, vidas hipotecadas por el que la lleva. “Mejor no digay na…”, “tate callaito no más cabrito”. Estaba hastiado de tanta mierda, había que comenzar a ponerle fin a esta hueá. Era fácil. Mil veces lo había pensado, había buscado el lugar preciso hasta encontrarlo, la forma, la excusa, la coartada. Su compadre le prestaría ropa… podía confiar en él. “Hay que pitearse de a uno a estos chuchesumadres”… Estaban de acuerdo, no hay mejor justicia que la impotencia poniéndose los pantalones. “Hay que hacerla bonita maestro, no van a saber quien chucha los manda cagando pal patioe los callaos”.


